Exhumar al dictador después de 40 años no es una anomalía, sino la representación del cobarde e injusto espíritu de la Transición.

La exhumación de los restos de Franco más de cuarenta años después de las primeras elecciones formalmente libres no puede ser calificada sólo como “una anomalía democrática” —como ha dicho Sánchez—, sino que es una expresión más de los irresueltos históricos y presentes que confluyen en la crisis actual del régimen de la Transición que se constituyó en 1978 y de la parálisis del sistema democrático, no ya para resolver sino siquiera para confrontarse con tales irresueltos de otra manera que no sea judicial o represiva.

Todos los representantes, partidos políticos, sindicatos e instituciones estatales y autonomistas/nacionalistas que acordaron y pusieron en marcha la llamada Transición, lo hicieron para no poner abiertamente al descubierto el régimen del dictador y sostener la “salida” monárquica y centralista que, en sustancia, el mismo Franco había preparado como su horizonte sucesorio.

Esa cobardía y esa injusticia han sido el caldo de cultivo del espíritu de la Transición y se está enquistando, como un cáncer, en el orden burgués político y administrativo del Estado español, que sigue paralizado en la monarquía y el centralismo más vetusto.
No sólo las víctimas de los crímenes franquistas así como sus familiares siguen reclamando justicia. Hoy mismo, escuchamos a cientos de miles de catalanas y de catalanes exigiendo libertad para sus representantes presos, libertad para poder decidir su futuro; se sigue denunciando que torturadores como Billy el Niño continúen siendo intocables, como el ejército y la policía; se sigue denunciando el acoso patriarcal de los tribunales y de las leyes contra las mujeres… etc.

Pensar o proponer que la exhumación del dictador ha “cerrado un ciclo” es fabricar una nueva cortina de humo, sin quitar valor ni al hecho ni a lo que ha simbolizado la larga presencia del féretro de Franco en el Valle de los Caídos —que ahí sigue como afrenta pétrea—, para tratar de que no se ajusten cuentas con el pasado, con las raíces y con las mismas bases de un orden constitucional paralizado en sí mismo.

Juan Bolívar, 26 de octubre 2019