Las razas: una blasfemia antropológica

Mencionadas en las Constituciones de las democracias consideradas más liberales (Italia en primer lugar), usadas para clasificar a los seres humanos tanto en las comisarías de policía como en los triajes de urgencias, ampliamente presentes en los discursos académicos y en el sentido común (también de quien es víctima de discriminaciones, por desgracia), las razas no existen y quien sostiene lo contrario miente.
Las razas son una invención, además bastante reciente, de minorías opresoras para imponer su dominio sobre minorías de oprimidos que, por su parte, retoman y se hacen eco de esta mentira para sus propios intereses e incluso como bandera de su propia liberación. Las razas son una auténtica blasfemia antropológica, no hay ninguna prueba creíble en su base, ninguna correspondencia veraz en el plano biológico y genético, histórico o inherente a la existencia cotidiana; aquellos que han intentado teorizarlas no han sido ni siquiera capaces de decir cuántas serían estas fantasmales razas.
Al contrario, muchas y bien descritas son las pruebas a favor de una unitariedad de los rasgos fundamentales y esenciales de nuestra especie que es tal también en la diversidad de elecciones y de perspectivas culturales y en la original unicidad de cada persona, relación y grupo humano. Por tanto, sí, distintas etnias y grupos, perspectivas y modos de vivir, colores de piel y formas de los ojos, pero una común identidad humana.