Conflicto en Nagorno Karabaj y venenos nacionalistas

En los últimos días de septiembre se reavivó el conflicto entre las dos repúblicas (exsoviéticas) de Armenia y Azerbaiyán por el territorio disputado de Nagorno–Karabaj. Son bastante pocas las noticias ciertas sobre lo que ocurre, pero entre éstas está el creciente número de muertos, no sólo militares sino también de decenas de civiles. La memoria vuelve a la guerra de hace ya casi treinta años y a su trágico balance con decenas de miles de víctimas, la limpieza étnica y centenares de miles de refugiados huidos de ambas partes.

Sobre los acontecimientos de hoy pesa una larga historia en la que los anhelos de libertad del pueblo armenio han sido objeto de las persecuciones más feroces. A principios del s.XX los armenios fueron víctimas de un genocidio por parte del agonizante imperio turco; el dominio zarista en el Cáucaso, un poco menos sangriento, siempre significó opresión en la relación con las minorías no rusas. Con Stalin, después, las repúblicas de la región fueron diseñadas no según las expectativas de autodeterminación de los pueblos sino dividiéndolas para mantenerlas bajo el control férreo del poder central. Así fue como Nagorno–Karabaj – cuya población es mayoritariamente de lengua armenia y de tradición cristiana– fue asignado al Azerbaiyán turcófono e islámico. En 1988, manifestaciones inmensas, anticipando la disgregación de la URSS, reivindicaron la libertad y la reunificación de los armenios. La guerra entre las dos repúblicas, ahora ya independientes de Armenia y Azerbaiyán (1992-94), se concluyó con la independencia de facto de Nagorno Karabaj –jamás reconocida a nivel internacional– y con una tregua ya varias veces rota.

Desde entonces, el nacionalismo ha crecido en ambos frentes, demostrándose un obstáculo insuperable para la realización de las aspiraciones de libertad y paz y, en verdad, como vehículo seguro de que los conflictos vuelvan a explotar.

Hoy, el presidente de Azerbaiyán –miembro de una odiosa dinastía de sátrapas en el poder desde tiempos de la URSS– retoma la iniciativa bélica, la mayor receta probada para conservar el poder. La Turquía de Erdogán, siguiendo su delirio imperial, le expresa su apoyo pleno. La Rusia de Putin, que vende armas a los dos pero que está presente en Armenia con una base propia militar, parece preferir el retorno a la tregua armada. Así, dictadores locales y grandes potencias maniobran cínicamente sobre la piel de la gente común: impotentes y distraídos frente a tragedias como la pandemia en curso, pero siempre disponibles para jugar la carta del nacionalismo y de la guerra.

Más bien es necesario que las armas callen y que no se inflijan nuevos sufrimientos a la población civil. Una paz más duradera, entonces, pasa por el respeto de la voluntad y los derechos de todos los pueblos y de todas las minorías involucradas, alimentando una lógica de encuentro y reciprocidad. Lo contrario de cuanto hacen los venenos nacionalistas -aquí como en toda latitud- que multiplican el odio entre las diferentes comunidades y alimentan la espiral de venganza. La historia también reciente ha demostrado que el haber sufrido opresión e injusticias no es una garantía suficiente de no convertirse a su vez en verdugos.