El Gobierno está atacando junto a la patronal los derechos más elementales de todos/as. La crisis la están pagando las clases populares, la gente que tiene menos recursos: es algo concreto. Desde la propuesta de subir la edad de la jubilación hasta los 67 años, hasta la necesidad declarada por el Gobierno de moderar los salarios, cuando en España el 60 % de la población gana 1.000 euros y llegan (o no) con dificultades a fin de mes. La crisis está suponiendo la vuelta de los comedores sociales. Sólo en Madrid hay 500.000 personas por debajo del umbral de la pobreza, 400.000 madrileños/as han hecho uso de comedores populares de Cáritas y otras entidades. Por otro lado, los bancos recibieron el año pasado 150.000 millones de euros de ayuda por parte del Estado español. Mientras las grandes fortunas no paran de crecer y las grandes rentas no se están viendo afectadas en ningún momento. En casi todos los centros de trabajo, las empresas, aprovechándose del momento favorable, para ellas, están recortando salarios y derechos. Hay casi 4 millones y medio de parados.
Estamos sometidos a una crisis económica, que es una de las caras de la crisis más general de este sistema de dominación. Vivimos en una época convulsa donde las viejas certidumbres de las últimas décadas se encuentran en cuestión. En cualquier caso, esta crisis económica no es una más, es una crisis que va a la raíz de las dificultades de la acumulación de capital y plusvalía por parte de las clases dominantes, y de una riqueza ficticia, monetaria, de papel, etc. que está estallando, y que los poderosos de todo relaje tratan de descargar sobre las clases subalternas.
En España, la cara con menos talante del Gobierno Zapatero muestra no sólo su total integridad a los mecanismos del sistema, sino su supeditación a los intereses de otros sectores más centrales de las superburguesías mundiales. El Estado español muestra su fragilidad y dependencia. Las ansias recaudadoras contra los humildes por parte del Gobierno la expresan los inspectores de hacienda en sus declaraciones, que han admitido haber recibido presiones insoportables por parte del Gobierno para alcanzar los objetivos de recaudación de este año. ¿Pero de dónde sale este dinero? Por ejemplo son muchos ya los casos denunciados de personas con sus cuentas embargadas por no haber declarado a Hacienda, ya que han estado en paro y trabajado en un mismo año. Miles de euros de multas, préstamos pedidos para pagar a Hacienda y algunos directamente se tienen que declarar insolventes y todo por haber perdido un trabajo y recibido la prestación de desempleo.
Nuestro horizonte no puede ser aceptar así de simple lo que hay, lo que nos dicen que es la verdad incuestionable. Vivimos en un mundo donde hay riqueza suficiente para que todos podamos ver satisfechos nuestras necesidades biológicas, materiales y sociales, y, sin embargo, este sistema de dominio nos somete, de modo diferenciado, a un ataque permanente como humanidad. Hay que romper la lógica subalterna de los sindicatos mayoritarios con respecto al Estado. Sindicatos que reproducen una lógica de claudicación material y mental.
Una de las justificaciones para los ataques racistas que los hermanos/as inmigrantes reciben se basa justo sobre esta lógica de aceptar como horizonte inevitable este sistema. Son los/as que más está sufriendo las consecuencias de la crisis y, sin embargo, hoy muchos/as se atreven en decir que todas las ayudas van para ellos/as en lugar de pensar que si no hay suficientes servicios sociales para todos/as, es algo que tendrá que ver con los recortes en los presupuestos del Estado (50.000 millones en los próximos años, sobre todo en gastos sociales), y que hay que luchar juntos para defender y frenar la arrogancia y prepotencia del Gobierno y la patronal.
Necesitamos una nueva solidaridad entre los millones que están en el paro, los trabajadores/ as e inmigrantes en primer lugar reconociéndonos cómo parte de una misma especie que en este momento se ve afectada por una crisis producida por un sistema injusto que también está en crisis y que por sus mismos principios es incapaz de pensar en términos humanos. Necesitamos parar esta espiral negativa, partiendo de toda la gente que está reaccionando en este momento plantando cara a la prepotencia de los poderosos. Una nueva solidaridad humana puede significar luchar ahora mismo contra las contrarreformas propuestas, afirmando relaciones de apoyo mutuo allí dónde estemos, frente al individualismo, frente a la soledad y la impotencia que nos provoca esta situación. Ayuda concreta, protagonismo de cada uno/a en su lugar trabajo. Salir de la crisis significa también no dejarnos dirigir por ella y sus valores, que son la insolidaridad, el racismo y también la discriminación de género, ya que de momento las mujeres siguen sufriendo más las consecuencias de la crisis (aunque obviamente la opresión patriarcal es más general). Hay señales de la sociedad que van en este sentido: muchísima gente, a pesar de las dificultades, se ha movilizado en solidaridad con la gente de Haití.
No queremos trabajar toda la vida, menos aún en estas condiciones, si vivimos más cómo dicen las estadísticas significa que tendremos más tiempo para disfrutar de lo que el tiempo alienado del trabajo nos ha quitado. Sin embargo, impúdicamente, la Vicepresidenta del Gobierno, Maria Teresa de la Vega, sugiere que antes, en 1975, la gente vivía menos, que sólo se disfrutaba durante 6 años de la pensión. ¿Hay una expresión más clara de lo que somos para los poderosos de todo tipo? Simples números. Nuestra fuerza radica en otro lugar. En tratarnos como personas y no como números, en la solidaridad humana y el apoyo mutuo. En la defensa de nuestros intereses y necesidades de bien vivir y la de nuestros semejantes. En la solidaridad en los lugares de trabajo y con y entre los/as parados/as. En la solidaridad entre todos/as los/as oprimidos/ as. Es una tarea ardua y compleja. Pero útil y benéfica si comenzamos a proyectar una solidaridad humana concreta en las luchas pero también en la cotidianidad, que nos puede empezar a cambiar la vida ahora construyendo espacios humanos dónde nosotros/as decidamos.
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