Ayer dos guardias civiles españoles (sí, no hay que sorprenderse, entre las tropas españolas de ocupación, hay guardias civiles) y un traductor iraní nacionalizado español fueron asesinados por el chofer del jefe de la policía nacional afgana en la base de Qala-i-Naw, reducido a tiros posteriormente. Inmediatamente después, multitud de personas (entre 200 y 2000 según las distintas fuentes) se concentraban a las puertas de la base para protestar por el asesinato del afgano y contra las tropas de ocupación, en lo que rápidamente se ha caracterizado como una protesta organizada por la insurgencia talibán.
La confusión es enorme: el asesinato fue rápidamente reivindicado por los talibanes, que aseguran que dentro de la base han muerto 4 españoles y 9 afganos, aunque dicha información aún debe ser contrastada. Por otro lado, hay 20 heridos entre los manifestantes, algunos en estado crítico, aunque fuentes militares aseguran que ni la guardia civil ni la policía afgana abrieron fuego contra ellos.
Las declaraciones de Rubalcaba sonrojan: “ha sido un atentado premeditado y terrorista, quien disparaba sabía lo que hacía”. Igual que lo hacen las del gobernador de la región donde está localizada la base, quien afirma que se trataba de causar la reacción de la población para forzar un enfrentamiento con las fuerzas internacionales que abriera un periodo de hostilidades. Ambos parecen olvidar que no hay hostilidades que forzar, son la cotidianidad de la población afgana bajo una ocupación ampliamente rechazada que no ha hecho sino aumentar el número de víctimas civiles, en torno a las 1200, sólo en los primeros 6 meses de este año según un informe elaborado por la propia ONU. Una población que vive bajo el fuego cruzado de la insurgencia talibán, que ha aumentado considerablemente, y las tropas de la OTAN, causantes de innumerables matanzas (muchas de ellas silenciadas, como ha desvelado hace un mes un informe militar estadounidense). El caos en el que está sumido Afganistán desvela el ADN de este sistema, que bajo la bandera de “exportar la democracia” no hace sino acentuar la pinza entre terrorismo y democracia terrorista que sufren las poblaciones.
Lamentando la muerte de toda persona, no podemos obviar que no son sino tropas de ocupación que están en Afganistán para matar y para morir, pese al permanente intento del gobierno Zapatero de mostrarlo como un ejército humanitario dedicado a la reconstrucción y a la creación de las condiciones para una próxima retirada, ya sea a través del fortalecimiento de un gobierno fantasmagórico, que se oculta en su forma democrática, como el de Karzai o de la formación de fuerzas de seguridad autóctonas (que es la misión de la Guardia Civil española en la base de Qala-i-Naw, es decir enseñarles a reprimir y a matar). Un discurso, el de la misión humanitaria de las tropas, que ha calado, apaciguando la búsqueda de paz y justicia, la identificación con otros pueblos del mundo, que emergieron en la oleada pacifista que recorrió estas tierras contra la guerra en Irak. Una búsqueda débil que esperemos resurja y crezca en la conciencia, para afirmar una solidaridad con la población afgana, exigiendo juntas la retirada inmediata de las tropas de ocupación.
Socialismo Libertario, 26/08/2010


