Millones de personas se han movilizado ayer viernes, 28 de enero, en Egipto contra el corrupto régimen de Hosni Mubarak. Desde Suez a El Cairo, desde Alejandría a Al Areesh en el Sinaí. De este modo continúa la extensión internacional en el mundo árabe de la llama de rebeldía que se encendió en Túnez y que ha constituido un impulso y un ejemplo que se está extendiendo en todo el mundo árabe. Movilizaciones menores pero importantes se extienden desde Yemen a Jordania, de Argelia a Arabia Saudita.
Empiezan a saltar las periferias del sistema democrático global. No sólo en el mundo árabe, pensemos en las recientes movilizaciones reprimidas sangrientamente en Albania. Estados Unidos expresa su profunda preocupación, Hillary Clinton llama a la moderación a todas las partes. Declaraciones cínicas ya que el régimen del rais egipcio es el principal baluarte de Estados Unidos en la zona. Moderación a Mubarak y su régimen que ayer asesinó por lo menos a 28 personas, pero sobre todo un llamamiento a la calma a las millones de personas que tratan de redefinir su vida y sus esperanzas en el impulso de la revuelta enfrentándose a un régimen corrupto y opresor que es, como decíamos, el principal aliado de Estados Unidos e Israel en la zona desde los Acuerdos de Camp David en 1978 con Israel, y que es gobernado desde 1952 por el ejército de manera permanente.
Movilizaciones multitudinarias donde la gente siente y vive la fuerza de su poder común, de la capacidad de realizar lo que hasta hace unas horas parecía imposible, donde los tiempos se aceleran y los espacios cobran una vida que antes parecían no tener. Es lo que están protagonizando las mujeres y los hombres de Egipto. Movilizaciones espontáneas, inicialmente observadas con cautela por las oposiciones religiosas y laicas, que ahora están tratando de unirse y de capitalizar el movimiento popular. 500.000 personas según Al Jazira han expulsado ayer a las fuerzas de Seguridad de Alejandría, después asaltaron la sede del Gobierno; policías en El Cairo se quitaban sus uniformes e insignias y se unían a los manifestantes; hemos visto con emoción innumerables escenas de coraje, valentía y dignidad frente a la represión. La fuerza de la comunidad en rebeldía que aumenta las capacidades y la dignidad de cada uno de los miembros de la comunidad en revuelta.
Sabemos que este tipo de revueltas no son suficientes. Que será fundamental la dirección que tomen, y para ello es esencial la conciencia de los protagonistas, como se sedimente en organismos de decisión directa, el tipo de sociedad y comunidad que quieran vivir. Estamos asistiendo a un despertar acerbo de las multitudes, muy contradictorio, con esperanzas aún en las instituciones opresivas del sistema (como en el caso de Túnez y sus esperanzas democráticas tras la expulsión de Ben Alí). Pero lo que está sucediendo es fundamental. Hoy, un viejo mundo se derrumba, es el mundo de un sistema democrático global en agonía histórica. Las revueltas de la gente común en Egipto y en el mundo árabe hacen parte de lo nuevo que comienza y constituye esperanzas preciosas frente a las amenazas de derrumbe de un viejo mundo, de un viejo sistema cada vez más sangriento y creador de miseria, pandemias, barbarie… Saltan las periferias del sistema. Los dominantes de todo tipo y pelaje, desde los estadistas gubernamentales que hoy no habrán dormido preocupados por lo vulnerable de su dominio, a los apologistas intelectuales del sistema, de derecha o de izquierda, conscientes o inconscientes, que pontifican acerca de la importancia de la geopolítica y de los juegos políticos (parlamentarios, gubernamentales y estatales) asisten atónitos ante la presencia multitudinaria de un no invitado en sus tristes cábalas. Habrá también quienes hablarán de complot de la Casa Blanca, confundiendo la apresurada búsqueda de alternativas a un dominio cuestionado, en este caso El Baradei para remplazar a Mubarak, con la omnipotencia de quienes todo lo controlan. Lo que salta, gracias a la acción multitudinaria de la gente, es justamente la capacidad de control del régimen. La gente común aparece con la fuerza colectiva que permite desafiar con osadía a los opresores y creer que es posible definir juntos el futuro. Es con ellas y ellos, es a ellos y a ellas a los que van ahora nuestros pensamientos y sentimientos.
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