De Túnez a Yemen, de Jordania a Argelia, sin olvidar Palestina pero sobre todo Egipto están siendo agitados por la fuerza del viento de la revolución. Su marea es incontrolable, y aparece de manera improvisada. Ayer, decenas de miles de personas se manifestaban en Saná, la capital de Yemen, exigiendo la caída de su Presidente, Saleh. A Obama se le multiplican los problemas… y las llamadas. Además de hablar diariamente con Mubarak, ahora tiene que hablar con el tirano yemení… sostenido durante décadas por Estados Unidos y el resto de las potencias democráticas.
La fuerza y el coraje, la valentía y la dignidad de los millones de hombres y mujeres egipcios que han tomado las calles de todas las ciudades durante estos 12 días de revueltas, desde El Cairo a Suez, de Alejandría a la Península del Sinaí, es inmensa. Si, parece increíble, son doce días que han cuestionado ya el orden en estas periferias del sistema democrático que domina con cada vez más dificultad el mundo. Nada permanecerá igual ya. Esta es la fuerza de la revolución que asoma, que empezó a asomar en Irán hace un año, lo que durante décadas parecía eterno e incuestionable se remueve en cuestión de días. La lección que nos comunican estos acontecimientos es preciosa, los ejércitos y los Estados no son invencibles. Ningún Estado es eterno. Su presunta omnipotencia no es tal de cara al poder que puede surgir desde abajo, desde las comunidades en revuelta y revolución, de la solidaridad que empezó hace algo más de un mes en Túnez frente a la inmolación de un joven.
La solidaridad que surge de luchar juntos, los días vividos en la Plaza de Tahrir, de la Liberación, en El Cairo, que de este modo recupera gracias a los cientos de miles de moradores actuales su auténtico significado, la gente que prepara alimentos y bebidas para llevarlos a la plaza, coptos y sunnitas que caminan y piensan, luchan y sueñan juntos, decenas de cárteles a manos que le dicen a Mubarak You don´t can, porque están viviendo e intuyendo que son ellas/os, las multitudes en revuelta, los que pueden cambiar su vida, mujeres al megáfono que agitan con una firme determinación. Es el protagonismo directo de millones de personas, que rompen la atomización y la separación, que descubren que juntos se es más y mejores. En El Cairo, en Alejandría… hoy resurgen las mejores cualidades humanas, la solidaridad, la valentía, la búsqueda de un bien común… La autoactividad y la autodefensa frente a los ataques paramilitares de la policía del régimen de Mubarak y de su partido, el PND, que han tratado de reventar a machetazos y disparos a las multitudes en revuelta en la Plaza y en las calles de El Cairo.
Todo es muy inicial y acerbo, y, sin embargo, es increíble porque es extraordinaria la fuerza de una revolución de la gente común que empieza. Una revolución que expresa necesidades y exigencias humanas, materiales, sociales, culturales… que se expresan a través de una constante búsqueda de dignidad y justicia… que por ello mismo no puede ser reconducida de modo duradero y profundo a los esquemas de la opresión sistémica. La opresión del sistema democrático global niega en su raíz las exigencias de mejora de la vida que empiezan a intuir y afirmar millones de personas en el mundo árabe. A su vez su esperanza puede ser nuestra esperanza. Las raíces de su lucha son universales, nos comunican, si queremos, si lo elegimos, si lo reflexionamos, si lo sentimos así, esperanzas y motivos para la revuelta para toda la humanidad.
No subvaloramos los poderes opresivos, sus maniobras que tratan de reconducir la revuelta a los juegos políticos y estatales. Los sostenedores democráticos del rais egipcio, Mubarak, buscan ahora piezas de recambio en el ex jefe de los servicios secretos Suleiman o incluso en El Baredei. Roma no paga a traidores. Las potencias democráticas no tienen ningún problema en deshacerse de lacayos tan fieles como Mubarak. Tony Blair, más “honesto”, reconoció este jueves que hay que decir que fue inmensamente valiente de cara a Palestina en su defensa sangrienta de Israel. ¡El partido de Hosni Mubarak ha sido expulsado esta semana de la Internacional Socialista! ¡Una semana antes la misma Internacional expulsó al de Ben Alí! Esta es la realidad cínica y sangrienta de todos los Estados democráticos y opresores. Mubarak y Ben Alí formaban parte de la misma Internacional que Zapatero. Ahora ven con miedo como empieza a saltar el dominio de sus sátrapas en el mundo árabe.
Es fundamental organizar y extender la solidaridad con la revuelta de nuestros hermanos y hermanas árabes. Estar con ellos con nuestra cabeza y nuestro corazón, seguir con pasión a este nuevo topo de la revolución de la gente común que saca su cabeza desde Tunez a El Cairo sin olvidarse de Yemen.
Estar al lado de esta revolución que comienza también significa saber que sus posibilidades pasan por la autoorganización de sus protagonistas, por su crecimiento en las comunidades independientes de los aparatos estatales, a la vez que por su autodefensa ante la represión del régimen como demuestran estos días difíciles.
¿Quién será el próximo que se dejará contagiar del entusiasmo de la revuelta? El corresponsal del País explicaba con estupor, como en estos días, la gente en la Plaza de la Liberación estaba… feliz. Un viejo mundo empieza a derrumbarse y lo que sucede en El Cairo representa las esperanzas posibles de una nueva humanidad. Nosotros luchamos por una perspectiva de revolución comunitaria no estatal, que se fundamente en el protagonismo y la autoactividad directa de las multitudes en revuelta, que empiezan de este modo a autotransformar profundamente la vida. Una perspectiva que implica una denuncia y una separación con respecto a las maniobras estatales de los poderosos. Una revolución que afirme las exigencias de la vida de la gente común. Hoy, en El Cairo, en Alejandría… la gente común nos demuestra que la revolución es un hecho, y que es posible cambiar radicalmente la vida.
Madrid 5 de febrero, 10 horas.
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