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Mucha gente ha visto con buenos ojos o como “mal menor” la resolución de la ONU para intervenir en Libia. Hemos visto el “alivio” que se ha sentido al pensar que la intervención tenía como objeto frenar a Gadafi y “ayudar” a la población civil, cuando éste ya se estaba encaminando a Bengasi, la ciudad que ha hecho frente al dictador y ha continuado la revuelta, aunque ya estuviera debilitada por el carácter político militar que ha ido asumiendo. Las motivaciones de fondo que pueden haber estado detrás de una primera impresión positiva por parte de muchas personas son comprensibles porque responden seguramente al anhelo de la vida y de acabar con la guerra de Gadafi. Pero al mismo tiempo son absolutamente equivocadas e infundadas. Los que crean destrucción y muerte no pueden ser garantía de vivibilidad y paz para los pueblos como nos indican décadas de guerras y destrucción. Ya sean Estados democráticos o dictatoriales. Tomemos como ejemplo la destrucción de Iraq, el desastre en Afganistán, por citar los más recientes. La ONU y sus cascos azules han nacido, como todos los ejércitos, para matar pero además son tristemente famosos por lo que han hecho sus hombres con las poblaciones a las que “protegían”, preguntémosles a nuestras hermanas bosnias o somalíes víctimas del estupro de las tropas. Pero además ellos mismos están diciendo que no quieren acabar con Gadafi, a corto plazo, como ha dicho Obama.
Estados democráticos como el español se han sumado, aplaudiendo esta intervención “legal” a diferencia de la intervención “ilegal” a la que nos llevó el gobierno de Aznar y que fue contestado por las grandes movilizaciones contra la guerra que se dieron aquí y en toda Europa. No debería haber ninguna justificación moral y ética a ninguna intervención de los hasta ayer amigos y aliados de Gadafi. No hay ningún carácter “humanitario” en esta intervención que de haber sido así llegaría ya muy tarde, y sí, hay un objetivo de restaurar el orden y la opresión del sistema democrático global allí donde el tirano de Trípoli, el aliado de ayer, se demuestra ya obsoleto e impresentable. Y de paso hay también la posibilidad de una competición entre los tiburones democráticos de los Estados de cara al reparto de las concesiones de petróleo. A pesar de los líos de mandos, las contradicciones y las diferencias entre ellos, en la sustancia están de acuerdo.
Los gobiernos de la metrópolis del sistema, incluido Zapatero, se lanzan a una ofensiva que sabemos por experiencia que no traerá nada bueno a las poblaciones civiles, excluye el derecho a la autodefensa y a la autodeterminación de los que se han batido contra el dictador. Los que intervienen con sus ejércitos buscarán controlar la zona desde un punto de vista geopolítico y continuar manteniendo el expolio de las riquezas naturales a manos de los principales Estados imperialistas, tal y como ya venían haciendo bajo el mandato de Gadafi. Y, tratarán sobre todo de mantener un control cuestionado de un modo radical después de la oleada revolucionaria que se ha extendido por doquier, y que ahora se silencia, y que podría abrir nuevos procesos revolucionarios. Este es, como siempre, el objetivo de los Estados y más aún los Estados de las grandes metrópolis. Demócratas como Obama pueden estrenarse al igual que Zapatero, en una “cruzada más democrática” que la de sus antecesores, y más igualitaria: mujeres como Chacón y Jiménez están a la cabeza de la iniciativa bélica, este es el progreso y la igualdad del gobierno Zapatero.
Acabar con Gadafi, frenar la muerte y la destrucción es un deseo que compartimos con vehemencia con las poblaciones libias que han osado, ellas y no los Estados, cuestionar al dictador y batirse contra su dominación. Ningún otro lo hubiera hecho, de ahí la reacción violenta y asesina de Gadafi y su corte. Y desvelar las mentiras humanitarias democráticas de los Estados denunciando su práctica asesina es necesario e imprescindible para elegir una solidaridad verdadera con los pueblos, reflexionando y movilizándose por la vida y la libertad del pueblo libio, contra Gadafi y la intervención de los Estados.
Para que broten, crezcan y maduren las razones de fondo universales que motivan rebeliones, revueltas y revoluciones, pero también radicalizaciones cotidianas de la vida, para forjar una comunión solidaria reflexiva y activa entre todos nosotros y nosotras y con los pueblos que buscan su autoemancipación y autodeterminación, para derribar definitivamente a los opresores, y sustraerse a sus lógicas alienantes,
Ven con nosotros/as a la manifestación del sábado 26 de marzo, a las 18 horas de Cibeles a Sol con el lema
POR LA EMANCIPACIÓN DE LOS PUEBLOS ÁRABES, NI DICTADURAS NI IMPERIALISMO
La cita de nuestro sector es a las 17:15 horas en la puerta del Banco de España.



