La muerte de Manuel Fraga, el 15 de enero por la noche, ha fomentado lo esperable por parte de todos los medios de comunicación y las elites políticas del establishment sistémico español. Todos unidos en una “comunión democrática” sin matices sustanciales. “Arquitecto de la derecha democrática española” titulaba en ABC en su edición del lunes, “le cabía el Estado en la cabeza” dijo de él hace años Felipe González. Reflexionar sobre la figura de Fraga en realidad nos permite iluminar de un modo más reflexivo los contenidos reales que se ocultan tras la opacidad del régimen democrático español, la monarquía constitucional, que nos gobierna, nacida en 1977 y sobre el proceso de Transición que acompañó la instauración del régimen.
Y es que lo que se presentan como anomalías por parte de una izquierda mayoritariamente encadenada a conceptos propios de los dominantes y los poderosos, por ejemplo, una democracia pura y positiva frente a la dictadura militar franquista, no son tales. Fraga ilumina claramente como para los poderosos y sus políticos más o menos ilustrados (estos días los mass media del sistema no se han cansado de repetirnos machaconamente la condición intelectual y catedrática del finado, lo que vuelve a indicar que intelectualidad burguesa y crímenes no son precisamente antagónicos) lo importante es el “orden y la ley”, el mantenimiento de la normalidad que es sinónimo eufemístico de la acumulación de la riqueza y del poder político en pocas manos. Es en nombre del “orden y la Ley” que apoyó desde joven la insurrección militar contra la revolución social de 1936, y que desde entonces ocupó cargos políticos en el régimen, hasta convertirse en los años 60, nada más y nada menos, que en el ministro de Propaganda del régimen. Es decir aquél que justificaba la muerte del estudiante Enrique Ruano en las cárceles franquistas, llamando a su padre, a modo del mafioso político que era, para recordarle que aún tenía una hija viva, o clamando a favor de rapar a las compañeras de los luchadores mineros asturianos porque eran “unas piojosas”. Esta era la calaña del personaje. Más tarde, una vez muerto Franco, siendo el ministro de la Gobernación en 1977 ordenó disparar en la Iglesia de Vitoria donde se celebraba una asamblea obrera, causando la muerte de 5 trabajadores, o estuvo implicado en el crimen de Estado de Montejurra. En esos tiempos daría origen a Alianza Popular, siendo el arquitecto, como recuerda ABC, de la derecha democrática española. Pero lo que obviamente el ABC no puede decir es que es este el ADN de la derecha democrática española, un ADN opresivo y cínico, que ha hecho del terrorismo y de los crímenes de Estado su esencia, ya sea en dictadura que en democracia.
Es un compromiso cargado de futuro desvelar la verdad, recuperar la memoria histórica acerca de millones de nuestros congéneres en esperanzas y búsquedas, al mismo tiempo que supone desvelar la naturaleza opresiva de los regímenes opresivos que se han sucedido desde la dictadura franquista hasta la democracia monárquica y constitucional del presente. Y aquí se encuentra el meollo de una reflexión muy importante que querríamos comprometernos a llevar a cabo por su importancia. La manipulación, la distorsión, la ocultación de la memoria es co-sustancial a todas las democracias opresivas, y, en lo específico, a la española que no puede desvelar ni su presente opresivo ni su pasado. Y es que la transición democrática supuso un cambio de régimen, para garantizar de un modo mejor el dominio de los opresores, a partir de la alianza entre las elites del viejo régimen y la izquierda institucional, a partir de la cancelación del recuerdo y de la memoria, como explicitó la Ley de Amnistía de 1977 que era, entre otras cosas, una Ley de Punto y Final de los crímenes del régimen franquista.
Jorge Herrero, Madrid 18 de enero de 2012.
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