La sentencia del tribunal constitucional en respuesta al recurso promovido por el PP ha recortado el Estatut (aprobado por la Generalitat y luego por las Cámaras) muestra otra vez la cara más centralista del régimen español. A pesar de haber sido uno de los puntos sobre los que Zapatero construyo su victoria en las elecciones del 2003, esta sentencia demuestra la crisis de perspectiva y factual de un régimen que sigue sin poder responder a una de los grandes irresueltos de la historia de esta península, o sea la relación con los distintos sentimientos de pertenencia que existen y que no se pueden borrar. En lo específico, la crisis se está expresando en el poder judicial que ataca no por casualidad los aspectos (que en otros estados no representan algo subversivo) que tienen que ver con la nacionalidad, la lengua y un posible crecimiento autonómico por ejemplo en ámbito judicial.
En este sentido se entiende la indignación de muchos y muchas por una decisión tomada por un tribunal constitucional que ya había terminado su mandato y después de años de absoluta inmovilidad.
Por otro lado se ve también la crisis de los partidos que apoyaron el Estatut y que ahora se pelean para tratar de canalizar la posible respuesta popular. Hay que recordar que este documento fue aprobado sólo por una exigua minoría de los habitantes de Catalunya demostrando una lejanía frente al proceso impulsado por los partidos y que ha ido creciendo en el transcurso de los años. Esto pero no desminuye el sentido de molestia y rabia que viven las personas por la absoluta frivolidad con la qué se decide sobre leyes y reglas que tienen que ver con la vida de las personas.
Por otro lado, nos gustaría impulsar una reflexión de cara a esta realidad que nos haga mirar la cuestión de la autodeterminación desde un punto de vista peculiar.
El sentimiento de identidad que expresan los pueblos, en este caso el de Cataluña, es algo complejo, que tiene ver con muchos aspectos de las raíces de esta península. Partimos del derecho a la autodeterminación individual y social de los seres humanos, de la posibilidad de decidir sobre el propio futuro, algo que no se puede dar en abstracto sino que tiene que ver también con los contextos y las elecciones que podemos operar. En este sentido aquí y ahora también abogamos por una posibilidad humana de autodeterminación que parta del derecho a decidir de todos y todas, que al mismo tiempo puede desembocar en una elección de una identidad humana común elegida no estática y que siga reproduciendo los esquemas de las sociedades democráticas con sus discriminaciones y sus fronteras, con sus leyes represivas, con sus reglas patriarcales. Entregar a los estados el poder de decidir sobre nuestro futuro significa encerrar las aspiraciones y los sentimientos y dejar de lado nuestro protagonismo.
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Jul
14
