1.Aprender de la serenidad y empuje a ayudar de las gentes comunes, en primer lugar del género femenino, en momentos de emergencia y en la cotidianidad de la vida, para sedimentar una cultura del cuidado autónoma de los poderes institucionales.
2.Ser y estar juntos, con nuestros allegados y en agregaciones barriales, sindicales, culturales, de compromiso… como antídoto a las consecuencias de la vida en las grandes urbes donde se masifican las sociedades alienadas. Elegir la subjetividad a la que queremos dar vida.
3.Tomar conciencia del momento que vivimos es también querer conocer juntos recursos humanos y lo que está en juego respecto a las cuestiones principales de la vida: el agua, la luz, la alimentación. No delegar en los aparatos estatales, sus instituciones, y las multinacionales que se lucran con ellos.
4.El “derrumbe de occidente” como cultura, como cuidado de la vida, como perspectiva de futuro, es irreversible. La irracionalidad de los opresores da pie a situaciones de caos además de un belicismo creciente. Educarnos en el riesgo es prever, ir más allá del día a día, asumir el cuidado de nuestra propia vida y de nuestra gente sin caer en el alarmismo.
5.Deseducarse de las tecnologías digitales, aprender del contacto directo, el que favorece una comunicación más humana, el que nos hace mejores personas. Saber cuál es el gasto energético de un vídeo enviado por WhatsApp nos da la medida de lo que suponen estas tecnologías. Producir tanta energía implica dañar el ambiente natural y humano.
6.Nuestro compromiso es el de compartir ideas y construir espacios para la afirmación humana, sustrayéndose a los poderes opresivos, su incultura y sus desvalores.
