Juan Carlos de Borbón abandona España. Es una huida que recuerda la de su abuelo,
Alfonso XIII. Éste, sin embargo, se exilió por razones, por así decir, más nobles, la
pérdida de confianza popular que abrió camino a la II República de 1931. Hoy, en
cambio, las razones son bastante más mezquinas. Se trata de los repetidos casos de
corrupción protagonizados por el “rey emérito”, cuya persecución penal afecta
directamente al prestigio de la institución monárquica. Al igual que la abdicación que
abrió el camino al trono de su hijo, este exilio tampoco es una decisión “individual”. Es
una decisión de Estado, de Felipe de Borbón y de otras instituciones, la que obliga a
quien ha estado 40 años en la jefatura del Estado, a dejar el territorio de su reino.
La parábola de Juan Carlos acaba, parece ser, en Santo Domingo. Hay una atmósfera de
sombría mediocridad en este triste declive. Al igual que la hipocresía de quienes, desde
el gobierno y la oposición, alaban el servicio que rinde al Estado con su exilio.
Juan Carlos, además, sigue siendo rey emérito. Emérito es quien disfruta de algún
premio por la labor desarrollada cuando estaba en un cargo. Ahora sabemos que de
estos méritos forman parte también todos los negocios sucios y todos los capitales
amasados en paraísos fiscales al amparo de la inviolabilidad real.
Juan Carlos, heredero de Franco por voluntad del propio dictador, ha sido el símbolo
más visible de los mitos de la Transición y del régimen democrático español. En su
caída se representa por tanto, también la decadencia de un relato histórico junto a
aquella de su específica forma de Estado. La monarquía española, símbolo histórico de
los poderes opresivos en la península, resulta una presencia rancia y anacrónica,
herencia del poder absolutista que se traspasa por línea sucesoria. En el caso de los
Borbones, nos encontramos además con una dinastía que ha acompañado las páginas
más negras de estos territorios. La sucesión dinástica, ser rey por línea de sangre,
implica directamente también a Felipe, cuyos méritos para llevar la corona se reducen a
ser hijo de su padre.
Un día, esperemos que pronto, la gente pensará que no deberíamos tener “Reyes de
España”. Esto evidentemente no acabará, por sí solo, con el dominio de minorías
opresoras representadas en los regímenes estatales. Supondrá sin embargo un pasaje
para imaginar mayores espacios de libertad y de autodeterminación para las personas y
las poblaciones de esta península.
