El derecho a ser humanos.

Publicamos por su interés el editorial de La Comune nº440, periódico de nuestra organización hermana en Italia con el mismo nombre.

Ser humanos es interesante y complicado. Lo pensamos muy poco, aunque este es justamente el momento de hacerlo. Somos una potencialidad constante, impulsada y condicionada por circunstancias naturales, específicas y personales. Podemos descubrirnos como personas con las otras y los otros. Tratemos de reflexionar sobre esto. Activemos nuestras intenciones tan profundas como concretas. Rastreemos la capacidad de hacernos de ideas propias, interpretemos la realidad que nos rodea, individualicemos los horizontes del bien que anhelamos, contamos con la posibilidad de cambiar. Dejemos volar nuestra imaginación, hurguemos en nuestros recuerdos componiéndolos y recomponiéndolos, activemos nuestra inteligencia intuitiva, redescubramos nuestra sentimentalidad, tan íntima como expansiva; luego mezclemos todo, hagámonos de una razón de conjunto y encontraremos los orígenes de nuestra conciencia. Somos quienes somos, pero podemos ir más allá porque tendemos a ser mejores personalmente y hacia el prójimo, porque soñamos más allá y más aún, porque concebimos e interpretamos la vida, no nos limitamos a vivirla de forma pasiva. Somos mujeres y hombres que pueden crecer en potencia y eso es fantástico, aunque a veces doloroso: son nuestras posibilidades y nuestro derecho vitales, cuya fuerza resurge incluso en las condiciones más complicadas y dolorosas. Hoy y desde hace mucho tiempo, nuestros maravillosos recursos se ven amenazados, violados y negados de numerosas formas por los poderosos de la Tierra. Sus guerras, sus Estados y sus industrias arrecian. Nos explotan y oprimen devastando el mundo en que vivimos. Poblaciones enteras son maltratadas, reducidas a la esclavitud, consideradas como mercancías, tratadas como si fueran carne de cañón. Se deja que millones de niños, mujeres y hombres mueran por las pandemias, de hambre o de sed, obligados a emigrar y después rechazados o sometidos a las peores prepotencias y humillaciones. La niñez es cada vez menos cuidada y más intoxicada, las mujeres sufren constantemente injusticias y violencia que, en repetidas ocasiones, culminan en el femicidio, los trabajadores y las trabajadoras están mal pagos y sometidos a condiciones de precariedad permanentes, las personas mayores están libradas a su suerte, los enfermos y los más frágiles están cada vez más indefensos. Los patrones del mundo son insaciables e incontrolables, incapaces de formular un proyecto de existencia inclusivo y sostenible. Apuestan cada vez más a su recurso de origen y a su perenne marca de fábrica: la prepotencia y la violencia sistemática sobre todos los terrenos que nace y se repropone en las guerras que empiezan y que no terminan, y que más bien se multiplican. Incapaces de concebir ideas y medios para la liberación de los bienes comunes, sus científicos a sueldo se dedican a arquitectar y construir nuevos instrumentos de sometimiento individual. No les basta y no logran controlar a las sociedades que dominan: necesitan esclavizar a los individuos, aniquilar y domesticar a las personas una por una. El colosal engaño deshumanizante empezó hace tiempo y avanza sin pausa a través de la difusión de las llamadas tecnologías ligeras. Los smartphones ya permiten controlar a las personas, orientar artificialmente sus gustos, condicionar aquellas intenciones, facultades y tensiones de las que hablábamos antes y que representan el tesoro más íntimo que tenemos. A través de la red (pensemos en el doble sentido), se difunden mensajes muchas veces aterradores que limitan, confunden y deforman las capacidades basilares de cognición y juicio individual, mistifican y mortifican las relaciones cuando no favorecen directamente la violencia machista y pedófila y aniquilan o impiden la vida en común. Por lo impredecible de sus desarrollos posibles –cosa que nadie niega–, la inteligencia artificial (la definición es ya de por sí inquietante) puede producir daños incalculables a las cualidades más propiamente humanas y representar un verdadero desastre para millones de personas que perderían sus trabajos. Pero, como bien sabemos gracias a la historia, el ansia depredadora de los opresores no conoce límites: este enésimo ataque se aprovecha de los avances de la neurotecnología. Ella nace del loable intento de compensar algunos límites de las personas con graves discapacidades, pero se está convirtiendo en un nuevo instrumento de deshumanización radical que podría permitir conocer y controlar, someter y orientar las fuentes más íntimas de nuestro pensamiento. Esta feroz y ciega obstinación de los poderosos de la Tierra es, a fin de cuentas, un síntoma de la decadencia, de la desesperación y de la deshumanización crecientes que viven. Enterado de los “progresos” de las investigaciones sobre el control y la posible manipulación del cerebro humano, Rafael Yuste, neurocientífico de la Universidad de Columbia, declaró: “Si perdiésemos nuestra intimidad mental, ¿qué otra cosa más podríamos perder? Perderíamos la esencia de lo que somos”*. Por lo tanto, lo que está en juego es evidente para todos: se trata de asumir la defensa de nuestro derecho más esencial, es decir, el de ser humanos perfectibles e imperfectos. No hay recetas, pero están nuestras potencialidades y vocaciones más profundas a radicalizar y poner a la obra: redescubrir, vivir y afirmar nuestra común humanidad, cada uno, en relación y en común, sustrayéndonos de su mundo en ruinas para no ser fagocitados.

*La cita es del artículo de Fletcher Reveley de la revista Internazionale n. 1550, 16-22 de febrero de 2024.